Hoy, miércoles 12 de octubre de 2016, es el día escogido por el Grupo de los Viernes para realizar una excursión por tierras palentinas, pero a la vez esta jornada es muchas otras cosas: es un día de Fiesta Nacional, es el día de la Hispanidad, es también el día central de las fiestas de la Virgen del Pilar patrona de Zaragoza, día de las Pilares, y, además, la jornada en la que por fin el otoño ha hecho acto de presencia, con mucho retraso, trayendo las nubes y la ansiada lluvia.
La cita era precisa: a las 11:00 horas en la iglesia de Támara de Campos. Allí debíamos reunirnos los dos coches con los integrantes del Grupo de los Viernes, que finalmente sólo seríamos seis (Begoña y Jesús no vendrán por el repentino fallecimiento de un familiar).
¿Dónde está Támara de Campos?, que no Tamara, lo cual me suena a choni y a poligonero, nada serio, vamos. Se puede llegar sin GPS, nos dicen, pues casi se ve desde la carretera de Santander, una vez pasada Palencia capital, a unos 30 km de ésta. Pero nosotros en mi coche (viajamos con Rosa y Ángel) preferimos ir sobre seguro y, para no errar por la ancha Castilla, nos dejamos conducir por el lazarillo tecnológico.
A las 10.55 h. llegamos a las puestas de Támara, y nunca mejor dicho, pues nos recibe una puerta en arco de piedra, flanqueado por los restos de una muralla medieval, muy mal restaurada, por cierto, que da entrada literal a este pueblo. Preferimos aparcar allí, extramuros y junto a un pilón de piedra rebosante de agua, para recorrer a pie con el fresco de la mañana el acercamiento pausado a ese gigantesco templo que ya hace rato hemos divisado desde la carretera.
Allí están, en la plaza frente a la enorme iglesia, puntuales, María Jesús y Javier. Besos y saludos, con el asombro de un reencuentro en un entorno por descubrir. Miras, observas, aprecias y pronto nos damos cuenta que estamos en un lugar especial, que es vivido como un descubrimiento para todos los que hasta aquí se acercan. Tras los primeros instantes de reconocimiento, una pregunta brota en nuestra mente y en nuestra conversación: ¿Qué hace ese pedazo de catedral en un pueblín como este, en medio del campo?
La respuesta no es evidente, por lo que la visita se convierte en una investigación de historiadores aficionados jugando a descubrir el misterio de su pasado.
Entramos en el templo, en el que en ese momento un puñado de feligreses dispersos por los bancos asiste a una misa. El asombro exterior se incrementa en el interior. ¡¿Pero, qué lugar es éste que ha sido capaz de reunir todo este arte?!
Rodeamos por fuera a San Hipólito el Real, para admirarlo en toda su grandeza y belleza exterior. En el entorno descubrimos que el pueblo tiene numerosas casas blasonadas. Muy cerca del templo descubro la casa natal de Sinesio Delgado, fundador de la Sociedad General de Autores de España. Subimos al montículo para admirar las vistas y ver de cerca la pequeña iglesia románica de San Juan de Jerusalén, que en su tiempo fue hospital de peregrinos.
Pero el frío otoñal nos pide reconstituir nuestros estómagos con un café calentito. No hay bar abierto, por lo que, a sugerencia de otro grupo de visitantes, nos dirigimos al pueblo cercano de Santoyo.
Ahora ya sí, ya nos hemos puesto en ruta cual peregrinos. En Santoyo nos recibe una lluvia fina. Su iglesia de San Juan Bautista también es grande y de un estilo particular. Parece que los pueblos de este contorno competían entre sí a ver quién construía la iglesia más grande y más bella. El cura, un bonachón sexagenario, que ha venido desde Támara para realizar su particular ruta laboral de los domingos, nos abre la enorme puerta. Nuestra curiosidad entusiasta es atendida por el sacerdote que, con las manos en los bolsos, va respondiendo y mostrándonos los secretos de este templo.
Pero, no solo hemos venido a Santoyo a ver su iglesia, sino porque nos habían dicho que tenía bar. Hasta allí nos acercamos para tomar unos cafés calentitos, servidos por un camarero cartujo del que apenas conseguimos que rompiera su voto de silencio. Como únicos clientes del bar no tenemos problema para vaciar por turnos nuestras vejigas y para decidir cuál va a ser nuestro próximo destino: Villalcázar de Sirga, pueblo en el que celebraron sus nupcias María Jesús y Javier.
En el recorrido atravesamos Frómista, punto de paso de peregrinos que marchan esforzados por el Camino de Santiago, que por allí transcurre paralelo a la carretera.
Villalcázar de Sirga está en un cruce de caminos, y, por supuesto, también el de Santiago. Aparcamos directamente junto a Santa María la Blanca. Los peregrinos pasan delante con aire de fatiga, ya a esas horas. Subimos la misma escalinata que ese gran día ascendieron con emoción los novios hasta el zaguán de la entrada. Dentro nos enteramos que hoy hay otros novios que también han decidido repetir su compromiso celebrando sus bodas de oro. ¡Viva los novios! gritan los invitados al concluir la boda, y la emoción se esparce por el aire.
Nuestro peregrinar se encamina hacia una ermita visigótica, hacia San Juan de Baños, en el pueblo de Baños del Cerrato, muy próximo a Venta de Baños. Pero no nos engañemos, ahora nuestros pasos van buscando el sustento y el yantar del mesón El Lagar, que nos aguarda a pocos metros de la basílica. Un suculento cocido o unas truchas a la Navarra preparan nuestro ánimo para escuchar a la guía contarnos la singularidad de este templo y su particular historia, que la tiene. Parece que el rey visigodo Recesvinto se curó de su dolencia renal tras beber las aguas de la fuente que brota a unos metros, por lo que mandó construir esta iglesia.
Pero aún quedaba otra etapa en la andadura espiritual del Grupo, por lo que pusimos rumbo hacia la cercana Venta de Baños para visitar el monasterio de San Isidro de Dueñas, La Trapa. Sin embargo, ya sólo éramos cuatro, pues las obligaciones paternas habían hecho regresar a Javier y a María Jesús.
Para hacer tiempo y preparar nuestra alma, primeramente fuimos a tomar un chocolate a la fábrica de La Trapa, cruzando la carretera. De regreso también apoyamos a la comunidad de monjes comprando quesos en su pequeña tienda.
Entramos en la capillita del Hermano Rafael (Rafael Arnaiz) para atemperar nuestro espíritu con el ambiente de recogimiento que allí reinaba. Luego, pasamos a la iglesia a esperar, junto con otras personas, la llegada de los monjes para el rezo de Vísperas. En penumbra, en silencio, tras la reja, vimos cómo paulatinamente los monjes iban incorporándose a sus puestos en la sillería. Los había de todas las edades, incluso algunos jóvenes veinteañeros, que representan el futuro de esta comunidad. Los cánticos de las Vísperas templaron nuestra alma y remataron una jornada de peregrinaje.
Fuera, a la salida, el otoño caía con intensidad en forma de aguacero, en un esfuerzo por recuperar la estación perdida. Los peregrinos regresaban a casa.