miércoles, 30 de diciembre de 2015

Entre Milán y Brujas

Viernes, 11 de diciembre de 2015.

El año agoniza, apenas restan tres días para su final y, a estas alturas de la película del 2015, sé que no esperáis que un trocito del pasado, para vuestra sorpresa, regrese y llame a vuestra puerta para pediros el aguinaldo. Ese instante que se empeña en hacerse presente es, desde luego, un viernes, de hace ya algunas semanas, pero que, a pesar de la distancia, aún late fresco en mi memoria, y estoy seguro que también en la vuestra, y lo sabéis... Fue una velada especial para el Grupo de los Viernes y, como tal, merece ser salvada de la etérea amnesia a la que conduce el callado paso del tiempo.
Ese viernes, primero tras el largo puente de la Constitución y de la Inmaculada, el Grupo recaló en la calle Gabilondo y en su entorno. A sugerencia de Rosa, fuente inagotable de buenas y sensatas ideas, nos dimos cita en el restaurante italiano Milán (calle Gabilondo 7, Valladolid). Un local nada nuevo en el panorama de la gastronomía italiana vallisoletana, pero al que, sin embargo, el público no ha abandonado.
Escondido en el tramo más oscuro de la calle, antiguamente conocido como el Callejón de los Tramposos, el Milán no tiene problemas para disponer de clientes. ¿Cúal es su codiciado secreto? Una vez sentados a la mesa, descubrimos lo que resultaba evidente: que no es desde luego su exquisita decoración, ni tampoco la ambientación y evocación italiana, sino algo aún más simple y elemental, como es que su comida está rica y que el precio es bastante razonable. Hala, ya lo hemos descubierto, que copien ahora el resto de envidiosos restauradores.
Claro que, tanto éxito trae sus inconvenientes, como por ejemplo que no aceptan reservas de mesa. “Normas de la casa”, nos han dicho cuando Carmen y yo lo hemos intentado. “Y además no podéis sentaros hasta que hayan llegado todos”. Y todos somos cada uno de los ocho del Grupo de los Viernes. Qué nervios, estar esperando la llegada de los integrantes del Viernes entre tanto grupo navideño a la caza de mesa.

La gastronomía milanesa nos llega en forma de suculentas pizzas, sabrosas ensaladas y espléndidas tablas de quesos, que con una rapidez pasmosa nos sirve aquel camarero, que ya antes del final de la cena se había convertido en nuestro ídolo, aunque benévolamente perdonáramos su tardanza con el licor de grapa. 


Dejamos el país de la bota para dirigirnos, calle arriba, en busca de un lugar para tomarnos una copa que entonara nuestros encogidos cuerpos, en una noche fría. Fué Ángel, que no un ángel, el que nos condujo cual Flautista de Amelín hasta un rincón esotérico, que él parece que conoce bien, para iniciarnos en la magia del Brujas (calle Gabilondo 7). Un curioso pub, baluarte en la noche vallisoletana del espíritu de los sesenta, setenta, ochenta e, incluso, noventa. Una auténtica reserva de la tribu madurita que conserva entusiasta la esencia de aquellos años jóvenes, que no volverán, pero que, nos quiten lo bailado, durante el rato que pasamos en el Brujas, ciertamente sí que volvieron.
Y ese es su auténtico valor, el de evocar vivamente aquella época, la nuestra, de la cual dista solo unas pocas Nocheviejas.
El templo del Brujas rezuma evocaciones. Tras la barra oficia una pareja con muchos años de experiencia sirviendo todo tipo de bebedizos nocturnos y dinamizando el espíritu reinante.
Mientras, sobre las pantallas surgen uno tras otro los ritmos de músicas del pasado que se apoderan de los cuerpos y de las almas de los allí presentes, en forma de vídeos de poca resolución pero de potente evocación. Son múltiples los cantantes y grupos musicales, de varias décadas y de diversos estilos (rock, pop, blus, contry, soul, canción social, ritmo discotequero…), todos surgiendo sin cesar, llenando el Brujas de aires del pasado y de recuerdos familiares que despiertan en nuestra cabeza un sinfín de cosas, entre ellas unas ganas irreprimibles de cantar a coro y de movernos al ritmo de la música. Imposible aguantarse.
Todo un descubrimiento el Brujas. Lastima que, según nos cuenta Ángel, auténtico chamán del lugar, los propietarios se jubilan en tres meses. Qué tarde hemos llegado, aunque la vida puede ser eterna en dos o tres viernes más…

Sin duda, tendremos que volver a transitar por estos lares europeos que tanto nos emocionan.

domingo, 1 de noviembre de 2015

VALETUDODVD, la cita escondida.



Viernes, siempre viernes, 30 de octubre de 2015.

Hoy vuelve ValetudoDVD, un otoño más, y el Grupo de los Viernes no lo duda, tenemos que estar allí. Pero, un evento que debería figurar en todas las guías culturales de la ciudad o en cualquier búsqueda sobre Internet, es apenas visible, solo localizable por parte de los muy persistentes. 



Así pues, dejamos de lado nuestro recelo, y llevados por una auténtica fe ciega, cual fanáticos talibanes, nos proponemos acudir al LAVA  con el corazón asustado por si finalmente todo termina siendo una terrible decepción.

Es verdad que ninguno de nosotros presentamos corto alguno, pues para eso aún lo somos bastante, cortos quiero decir, y que tampoco lo hace ninguno de nuestros hijos hermanos o amigos, que por ellos estaríamos dispuestos a lo que fuera, pero hemos quedado enganchados por esta actividad de la Seminci, que nos impulsa a acudir, a estar allí, un año, otro y otro. Lo cierto es que algo tiene que nos ha atrapado cual droga dura. Puede ser el ambiente cultural que se respira, quizás la animación y expectación de la sala de cine abarrotada de extrañas criaturas cinematográficas, no lo sé, ni creo que ninguno del Grupo lo sepa. Otro misterio a resolver por el Iker Jiménez en el Cuarto Milenio.

De nuevo en el entorno del LAVA, sí, junto al Gastrobar, que por algo son vecinos. Este año la multitud que espera a la puerta para entrar es bastante más discreta. Hay mucha menos gente y la que hay se muestra tranquila y paciente. Ni siquiera se molestan en formar una ordenada fila, para qué, seguro que sospechan que habrá sitio para todos.

Somos cultos los de los Viernes, pero no tontos como para olvidar que un espíritu cultivado se sustenta en un cuerpo adecuadamente alimentado. Por eso antes de ir a Valetudo pasamos por un bar de la zona, que ya empezamos a conocer bien. Así, en el bar La Ría, en su terraza y bien abrigados, nos atienden estupendamente con oreja, champiñones, ensaladilla rusa, patatas alioli, y torreznillos. Todo ello bien cocinado y con una minuta más que razonable. Parece mentira que a tan solo unas decenas de metros, uno frente al otro en el Paseo Zorrilla, en la Rubia, puedan coexistir dos bares tan distintos: la lamentable Casa de Aragón y la sorprendente la Ría. 

Prueba de observación: averíguensé las diferencias, que las hay ¿eh?
Ya estamos en la sala del LAVA, dispuestos a dar una oportunidad para que nos emocionen o aburran. Pero son las 23:30 horas y Javier Angulo no llega. Y cuando por fin lo hace acompañado por una reducida tropa, incluido la del bombo, parece que viene dispuesto a resolver este asunto cuanto antes, que tiene muchas otras cosas más importantes que hacer en la Seminci.
La sala no está llena, otra diferencia con ediciones anteriores, y que sigue mostrándonos que Valetudo cada vez vale menos para la Seminci.

Pero no nos pueden quitar que nosotros estamos allí, disfrutando de la maravillosa noche del viernes, y contentos porque formamos parte de los que opinan convencidos que estas oportunidades deben existir y seguir existiendo para los autores noveles del séptimo arte.

Hasta el bombo suena sin convencimiento y no nos levanta del asiento, o puede que el discreto ambiente de la sala apenas insufle aliento al timorato brazo que golpea el timbal para jalear el grito de guerra “¡¡ValetudoDVD, pum, pum, ValetudoDVD, pum, pum, ValetudoDVD, pum!!

Las proyecciones, cortas, se suceden como un carrusel del absurdo que nuestra razón recibe con paciencia, con mucha paciencia. Quizás contagiados por la noche de Halloween que, caprichos del destino, este año ha querido asistir a la Seminci colándose en el ValetudoDVD.

sábado, 10 de octubre de 2015

Gastrobar LAVA (Valladolid)


Viernes, 3 de octubre de 2015

Paseo de Zorrilla 101 (Plaza del Matadero), Valladolid.

Ambiente bullicioso, mucha gente, que charla, cena y tapea. Gente, la mayor parte de ella de mediana edad, detalle curioso, que en grupos más o menos numerosos comparten tertulia animadamente, a la vez que se dejan sorprender por las originalidades que Amaya saca del oculto laboratorio culinario. 

La mesa, que teníamos reservada y alguien se resistía a liberarla, era un bien muy preciado en aquel momento y en aquel lugar. Situado puerta con puerta con el Laboratorio de las Artes de Valladolid LAVA, el Gastobar LAVA parece un lugar de moda en la noche vallisoletana. Curiosamente el emplazacimiento que ocuparon las antiguas instalaciones del matadero ha dejado de ser un santuario de muerte para ir convirtiéndose en un centro de cultura, juventud y, ahora también, de vida social y gastronómica


Por fin nos sentamos en nuestra mesa, alta y de robustos tablones, los niños con los niños, y las niñas con las niñas, tal como está estipulado en no sé qué norma de los grupos cuando se reúnen entorno a un ágape.
 
Amaya, la camarera solícita, en seguida nos sitúa entre las cosas que merecen la pena de la carta, y son muchas. Sostenida por una familiaridad que nos asombra con Jesús, el Herreras, nos atiende con especial mimo. Sin demora, al momento tenemos sobre la mesa una ensalada de tomates y huevo que no era huevo, sino queso de mozarela. Las búfalas ovíparas nos habían sorprendido con un óvulo de queso fresco que coronaba aquella ensalada. El sabor increíble del tomate en sus diversas variedades estaba presente sin duda aquí. Algo sencillo, pero muy difícil de encontrar.  


En este lugar tampoco faltaron las sugerentes croquetas, redonditas y doraditas, de cecina y de parmesano, que, esta vez sí, se fundían en la boca con la suavidad y la delicadeza del terciopelo.

Los callos llegaron a la mesa de los chicos en busca de paladares recios, y en ellos se apreciaba la más pura esencia vacuna.
Por fin Amaya, solícita y ligera cual grácil gimnasta de aerobic, nos puso dos bandejas de la especialidad de la casa: raviolis de rabo de toro. A simple golpe de vista, más que pasta, parecen una nueva ración de croquetas, esta vez calvas, que alineadas, esperan ser sacrificadas en paciente orden.
Los postres no defraudaron, y en su variedad, descubrieron la originalidad del anónimo artista repostero. 

 



Todo es original en el gastrobar. La vajilla desigual, la robustez de los tablones de las mesas, las lámparas de peladas bombillas, y, en general, la decoración de un espacio cúbico de difícil ambientación. Pero, ciertamente, el lugar posee, a pesar de todo, cierta calidez cultural, como me lo demuestra la imagen repetida que surge en mi cabeza de disfrutar allí de un desayuno tranquilo ante aquella vajilla y con un periódico repleto de noticas frescas.

35 euros por pareja bastaron para cumplir y ser bien educados, pagando por un trabajo bien hecho.
Solo faltaba rematar la noche con un buen lugar para tomar la última copa, bueno más bien la primera. Para ello dimos una vuelta entera a la Farola buscando algo que no podíamos encontrar. El barrio dormía y no tenía copas para nosotros.

A por la Rubia, alguien sugiere, que allí, en su carretera de Simancas, hay un Monasterio con ambiente, abierto a estas horas y dispuesto a acoger a gente descarriada como nosotros. Y fue en aquel local musical, donde tomado una ronda de potentes tisanas, desnudamos nuestra alma de pareja ante el sagaz cuestionario de la Doctora Carmen.  


 

UNA DE ROMANOS EN LA VILLA DEL CABALLERO (OLMEDO)

D.    29 - abril - 2018 OLMEDO (Valladolid) UNA DE ROMANOS EN LA VILLA DEL CABALLERO Largo puente, aunque no romano, el último fi...