El año agoniza, apenas restan tres días para su final y, a estas alturas de la película del 2015, sé que no esperáis que un trocito del pasado, para vuestra sorpresa, regrese y llame a vuestra puerta para pediros el aguinaldo. Ese instante que se empeña en hacerse presente es, desde luego, un viernes, de hace ya algunas semanas, pero que, a pesar de la distancia, aún late fresco en mi memoria, y estoy seguro que también en la vuestra, y lo sabéis... Fue una velada especial para el Grupo de los Viernes y, como tal, merece ser salvada de la etérea amnesia a la que conduce el callado paso del tiempo.
Ese viernes, primero tras el largo puente de la Constitución y de la Inmaculada, el Grupo recaló en la calle Gabilondo y en su entorno. A sugerencia de Rosa, fuente inagotable de buenas y sensatas ideas, nos dimos cita en el restaurante italiano Milán (calle Gabilondo 7, Valladolid). Un local nada nuevo en el panorama de la gastronomía italiana vallisoletana, pero al que, sin embargo, el público no ha abandonado.
Escondido en el tramo más oscuro de la calle, antiguamente conocido como el Callejón de los Tramposos, el Milán no tiene problemas para disponer de clientes. ¿Cúal es su codiciado secreto? Una vez sentados a la mesa, descubrimos lo que resultaba evidente: que no es desde luego su exquisita decoración, ni tampoco la ambientación y evocación italiana, sino algo aún más simple y elemental, como es que su comida está rica y que el precio es bastante razonable. Hala, ya lo hemos descubierto, que copien ahora el resto de envidiosos restauradores.
Claro que, tanto éxito trae sus inconvenientes, como por ejemplo que no aceptan reservas de mesa. “Normas de la casa”, nos han dicho cuando Carmen y yo lo hemos intentado. “Y además no podéis sentaros hasta que hayan llegado todos”. Y todos somos cada uno de los ocho del Grupo de los Viernes. Qué nervios, estar esperando la llegada de los integrantes del Viernes entre tanto grupo navideño a la caza de mesa.
La gastronomía milanesa nos llega en forma de suculentas pizzas, sabrosas ensaladas y espléndidas tablas de quesos, que con una rapidez pasmosa nos sirve aquel camarero, que ya antes del final de la cena se había convertido en nuestro ídolo, aunque benévolamente perdonáramos su tardanza con el licor de grapa.
Dejamos el país de la bota para dirigirnos, calle arriba, en busca de un lugar para tomarnos una copa que entonara nuestros encogidos cuerpos, en una noche fría. Fué Ángel, que no un ángel, el que nos condujo cual Flautista de Amelín hasta un rincón esotérico, que él parece que conoce bien, para iniciarnos en la magia del Brujas (calle Gabilondo 7). Un curioso pub, baluarte en la noche vallisoletana del espíritu de los sesenta, setenta, ochenta e, incluso, noventa. Una auténtica reserva de la tribu madurita que conserva entusiasta la esencia de aquellos años jóvenes, que no volverán, pero que, nos quiten lo bailado, durante el rato que pasamos en el Brujas, ciertamente sí que volvieron.
Y ese es su auténtico valor, el de evocar vivamente aquella época, la nuestra, de la cual dista solo unas pocas Nocheviejas.
El templo del Brujas rezuma evocaciones. Tras la barra oficia una pareja con muchos años de experiencia sirviendo todo tipo de bebedizos nocturnos y dinamizando el espíritu reinante.
Mientras, sobre las pantallas surgen uno tras otro los ritmos de músicas del pasado que se apoderan de los cuerpos y de las almas de los allí presentes, en forma de vídeos de poca resolución pero de potente evocación. Son múltiples los cantantes y grupos musicales, de varias décadas y de diversos estilos (rock, pop, blus, contry, soul, canción social, ritmo discotequero…), todos surgiendo sin cesar, llenando el Brujas de aires del pasado y de recuerdos familiares que despiertan en nuestra cabeza un sinfín de cosas, entre ellas unas ganas irreprimibles de cantar a coro y de movernos al ritmo de la música. Imposible aguantarse.
Todo un descubrimiento el Brujas. Lastima que, según nos cuenta Ángel, auténtico chamán del lugar, los propietarios se jubilan en tres meses. Qué tarde hemos llegado, aunque la vida puede ser eterna en dos o tres viernes más…
Sin duda, tendremos que volver a transitar por estos lares europeos que tanto nos emocionan.





