domingo, 16 de octubre de 2016

PEREGRINOS EN EL PRIMER DÍA DEL OTOÑO

Hoy, miércoles 12 de octubre de 2016, es el día escogido por el Grupo de los Viernes para realizar una excursión por tierras palentinas, pero a la vez esta jornada es muchas otras cosas: es un día de Fiesta Nacional, es el día de la Hispanidad, es también el día central de las fiestas de la Virgen del Pilar patrona de Zaragoza, día de las Pilares, y, además, la jornada en la que por fin el otoño ha hecho acto de presencia, con mucho retraso, trayendo las nubes y la ansiada lluvia. 
La cita era precisa: a las 11:00 horas en la iglesia de Támara de Campos. Allí debíamos reunirnos los dos coches con los integrantes del Grupo de los Viernes, que finalmente sólo seríamos seis (Begoña y Jesús no vendrán por el repentino fallecimiento de un familiar).
¿Dónde está Támara de Campos?, que no Tamara, lo cual me suena a choni y a poligonero, nada serio, vamos. Se puede llegar sin GPS, nos dicen, pues casi se ve desde la carretera de Santander, una vez pasada Palencia capital, a unos 30 km de ésta. Pero nosotros en mi coche (viajamos con Rosa y Ángel) preferimos ir sobre seguro y, para no errar por la ancha Castilla, nos dejamos conducir por el lazarillo tecnológico.
A las 10.55 h. llegamos a las puestas de Támara, y nunca mejor dicho, pues nos recibe una puerta en arco de piedra, flanqueado por los restos de una muralla medieval, muy mal restaurada, por cierto, que da entrada literal a este pueblo. Preferimos aparcar allí, extramuros y junto a un pilón de piedra rebosante de agua, para recorrer a pie con el fresco de la mañana el acercamiento pausado a ese gigantesco templo que ya hace rato hemos divisado desde la carretera. 
Allí están, en la plaza frente a la enorme iglesia, puntuales, María Jesús y Javier. Besos y saludos, con el asombro de un reencuentro en un entorno por descubrir. Miras, observas, aprecias y pronto nos damos cuenta que estamos en un lugar especial, que es vivido como un descubrimiento para todos los que hasta aquí se acercan. Tras los primeros instantes de reconocimiento, una pregunta brota en nuestra mente y en nuestra conversación: ¿Qué hace ese pedazo de catedral en un pueblín como este, en medio del campo?
La respuesta no es evidente, por lo que la visita se convierte en una investigación de historiadores aficionados jugando a descubrir el misterio de su pasado.

Entramos en el templo, en el que en ese momento un puñado de feligreses dispersos por los bancos asiste a una misa. El asombro exterior se incrementa en el interior. ¡¿Pero, qué lugar es éste que ha sido capaz de reunir todo este arte?!
Rodeamos por fuera a San Hipólito el Real, para admirarlo en toda su grandeza y belleza exterior. En el entorno descubrimos que el pueblo tiene numerosas casas blasonadas. Muy cerca del templo descubro la casa natal de Sinesio Delgado, fundador de la Sociedad General de Autores de España. Subimos al montículo para admirar las vistas y ver de cerca la pequeña iglesia románica de San Juan de Jerusalén, que en su tiempo fue hospital de peregrinos.
Pero el frío otoñal nos pide reconstituir nuestros estómagos con un café calentito. No hay bar abierto, por lo que, a sugerencia de otro grupo de visitantes, nos dirigimos al pueblo cercano de Santoyo
Ahora ya sí, ya nos hemos puesto en ruta cual peregrinos. En Santoyo nos recibe una lluvia fina. Su iglesia de San Juan Bautista también es grande y de un estilo particular. Parece que los pueblos de este contorno competían entre sí a ver quién construía la iglesia más grande y más bella. El cura, un bonachón sexagenario, que ha venido desde Támara para realizar su particular ruta laboral de los domingos, nos abre la enorme puerta. Nuestra curiosidad entusiasta es atendida por el sacerdote que, con las manos en los bolsos, va respondiendo y mostrándonos los secretos de este templo.
Pero, no solo hemos venido a Santoyo a ver su iglesia, sino porque nos habían dicho que tenía bar. Hasta allí nos acercamos para tomar unos cafés calentitos, servidos por un camarero cartujo del que apenas conseguimos que rompiera su voto de silencio. Como únicos clientes del bar no tenemos problema para vaciar por turnos nuestras vejigas y para decidir cuál va a ser nuestro próximo destino: Villalcázar de Sirga, pueblo en el que celebraron sus nupcias María Jesús y Javier.
En el recorrido atravesamos Frómista, punto de paso de peregrinos que marchan esforzados por el Camino de Santiago, que por allí transcurre paralelo a la carretera. 

Villalcázar de Sirga está en un cruce de caminos, y, por supuesto, también el de Santiago. Aparcamos directamente junto a Santa María la Blanca. Los peregrinos pasan delante con aire de fatiga, ya a esas horas. Subimos la misma escalinata que ese gran día ascendieron con emoción los novios hasta el zaguán de la entrada. Dentro nos enteramos que hoy hay otros novios que también han decidido repetir su compromiso celebrando sus bodas de oro. ¡Viva los novios! gritan los invitados al concluir la boda, y la emoción se esparce por el aire.  
Nuestro peregrinar se encamina hacia una ermita visigótica, hacia San Juan de Baños, en el pueblo de Baños del Cerrato, muy próximo a Venta de Baños. Pero no nos engañemos, ahora nuestros pasos van buscando el sustento y el yantar del mesón El Lagar, que nos aguarda a pocos metros de la basílica. Un suculento cocido o unas truchas a la Navarra preparan nuestro ánimo para escuchar a la guía contarnos la singularidad de este templo y su particular historia, que la tiene. Parece que el rey visigodo Recesvinto se curó de su dolencia renal tras beber las aguas de la fuente que brota a unos metros, por lo que mandó construir esta iglesia.
Pero aún quedaba otra etapa en la andadura espiritual del Grupo, por lo que pusimos rumbo hacia la cercana Venta de Baños para visitar el monasterio de San Isidro de Dueñas, La Trapa. Sin embargo, ya sólo éramos cuatro, pues las obligaciones paternas habían hecho regresar a Javier y a María Jesús.
Para hacer tiempo y preparar nuestra alma, primeramente fuimos a tomar un chocolate a la fábrica de La Trapa, cruzando la carretera. De regreso también apoyamos a la comunidad de monjes comprando quesos en su pequeña tienda. 

Entramos en la capillita del Hermano Rafael (Rafael Arnaiz) para atemperar nuestro espíritu con el ambiente de recogimiento que allí reinaba. Luego, pasamos a la iglesia a esperar, junto con otras personas, la llegada de los monjes para el rezo de Vísperas. En penumbra, en silencio, tras la reja, vimos cómo paulatinamente los monjes iban incorporándose  a sus puestos en la sillería. Los había de todas las edades, incluso algunos jóvenes veinteañeros, que representan el futuro de esta comunidad. Los cánticos de las Vísperas templaron nuestra alma y remataron una jornada de peregrinaje.
Fuera, a la salida, el otoño caía con intensidad en forma de aguacero, en un esfuerzo por recuperar la estación perdida. Los peregrinos regresaban a casa.

 


sábado, 23 de abril de 2016

Un domingo en Cuéllar

El 10 de abril de 2016 el grupo de amigos de los Viernes se fue a pasar la jornada dominical a la segoviana villa medieval de Cuéllar. Excursión lúdica-cultural y, cómo no, también gastronómica.

Cuando llegamos al píe de las murallas la mañana era fresca, como es propio en la primavera de estas tierras castellanas. Nuestros coches cruzaron las defensas del recinto y aparcamos frente al castillo, que a esas horas tempranas aún permanecía cerrado. Siempre me han gustado los domingos por la mañana, esos momentos en los que las calles parecen dormidas y flota en el ambiente un aire especial de tiempo suspendido. 
Más valía mientras ir a buscar refugio en el primer bar abierto de extramuros y a entonar nuestros cuerpos con un cafetito caliente. Charla, café y ¡Oh, qué sorpresa! había un futbolín en el bar. Y, lógicamente, alguien no se resiste y lo propone: “Vamos a echar una partida”. Debe de ser cosa de hombres o, mejor dicho, de chavales, que ante la sola presencia de semejante objeto, ligado a largas tardes de juego en salas o en bares de camaradería juvenil, nos lanzamos a la competición con ilusionada pasión.
Castillo de los Duques de Alburquerque. Hacemos tiempo a sus puertas, impacientes por asaltarlo y desvelar sus secretos, y también por escapar del viento helado que nos acosa. “¡Los de la visita del castillo, síganme por aquí!”, nos grita la guía que ha salido de la garita, ahora reconvertida en oficina de turismo, al tiempo que nos abre una cancela por la que, cual hordas, nos precipitamos por el pasillo lateral de la muralla, creyéndonos ya dentro. Precisamente con ese fin estaba diseñado, nos cuenta la guía, para facilitar la entrada de los asaltantes y conducirles a una engañosa trampa mortal.

Los actores, en forma de soldados medievales, nos hacen frente para impedir nuestra entrada, pero el grupo es numeroso y nos colamos hasta el recinto trasero. Desde allí continuaremos un recorrido laberíntico por las estancias del enorme castillo, saliendo a nuestro paso multitud de personajes que dan vida a sus antiguos moradores: desde criadas, los propios Duques, el borrachín Espronceda (sí, el de “por cien cañones por banda, viento en popa toda vela, no corta el mar si no vuela…”, que parece que sufrió destierro por estos lares allá por 1800 y pico), a las tropas napoleónicas, etc. Son tan sólo tres, pero los actores se transmutan y multiplican para llenar esta vacía fortaleza. Para ello también se ayudan de la participación de los visitantes, hasta el punto que en un momento dado a nuestro Ángel lo llegaron a convertir en el Sr. Duque: “¡Señor Duque! ¡Señor Duque! ¡Señor Duque!
La iglesia de San Martín, centro de interpretación del mudéjar, nos aguarda de frente, con un espectáculo de luz y sonido surgido del vacío y de las propias tinieblas. A la salida, cruzamos la puerta con la idea grabada en nuestra mente de que Cuéllar fue la tierra de las tres culturas, de la cristiana, de la judía y de la morisca.

Aún nos quedaba un buen trozo de esa mañana, iluminada por un sol ciertamente frío, para aprovecharla visitando el casco antiguo de intramuros. Iglesias mudéjares, pero con estilos añadidos al son de lo que marcaba cada tiempo: gótico, barroco… Iglesias y capillas que hoy domingo cuentan con guías locales que ilustran a los curiosos turistas, como esa de la Magdalena, capilla y hospital en sus orígenes, en la que sorprende su enorme y eclético fresco pintado sobre uno de sus deteriorados muros, así como el retablo barroco que acoge a San Roque, el del perro, y a San Vito, el del baile.

Pero una visita esperada y programada, la del restaurante, no se hacía esperar, por lo que, con la habilidad que da el hambre para orientarse, nos condujimos hasta el restaurante La Florida, lugar de bodas y banquetes al más puro estilo tradicional, marco idílico para tópicas fotos de recién casados que buscan recrear su álbum con instantáneas romanticonas.

La suculenta comida culminó y remató una interesante mañana, pero fue la antesala de una tarde lluviosa y desapacible, una de esas tardes de domingo que no invitan más que a estar en casa.

Protegidos por los paraguas llegamos hasta las antiguas tenerías, ahora rehabilitadas, donde en su interior nos ilustraron sobre lo asqueroso y duro que era el curtido de las pieles. De paso en la planta superior recorrimos una interesante exposición de fotografía. De nuevo bajo los paraguas recorrimos su coqueto jardín japonés, cuyo encanto quedaba deslucido por la húmeda tarde del domingo.

Lluvia y tarde oscura nos decían que volviéramos cada uno a su olivo. Y no tardamos en hacer caso a tan sensatos consejos. Las murallas de Cuéllar quedarían para otra ocasión, de mejor tiempo, esperemos.

Esta es la crónica de ese día de primavera por las Tierras de Pinares, que comparto con vosotros, amigos del grupo de los Viernes. Podría no hacerlo, y desde luego más seguro sería quedándomelo para mí, para mi dispositivo de almacenamiento de experiencias viajeras (me refiero a mi cuaderno de viajes). Pero la amistad es riesgo y, a la vez, confianza, y sin estos ingredientes la vida resulta sosa, sin sustancia.
Tomadlo como un regalo, que busca pervivir y revivir en la memoria aquellos instantes felices, al igual que lo pueden hacer las fotos. Y si al leer estas líneas de nuevo habéis evocado durante unos instantes las experiencias de aquel domingo en Cuéllar, pues me doy por satisfecho. Ese es mi regalo, sin más. 

Aún un regalo más: mis fotos de aquel día (pinchad para ver)

UNA DE ROMANOS EN LA VILLA DEL CABALLERO (OLMEDO)

D.    29 - abril - 2018 OLMEDO (Valladolid) UNA DE ROMANOS EN LA VILLA DEL CABALLERO Largo puente, aunque no romano, el último fi...