sábado, 10 de octubre de 2015

Gastrobar LAVA (Valladolid)


Viernes, 3 de octubre de 2015

Paseo de Zorrilla 101 (Plaza del Matadero), Valladolid.

Ambiente bullicioso, mucha gente, que charla, cena y tapea. Gente, la mayor parte de ella de mediana edad, detalle curioso, que en grupos más o menos numerosos comparten tertulia animadamente, a la vez que se dejan sorprender por las originalidades que Amaya saca del oculto laboratorio culinario. 

La mesa, que teníamos reservada y alguien se resistía a liberarla, era un bien muy preciado en aquel momento y en aquel lugar. Situado puerta con puerta con el Laboratorio de las Artes de Valladolid LAVA, el Gastobar LAVA parece un lugar de moda en la noche vallisoletana. Curiosamente el emplazacimiento que ocuparon las antiguas instalaciones del matadero ha dejado de ser un santuario de muerte para ir convirtiéndose en un centro de cultura, juventud y, ahora también, de vida social y gastronómica


Por fin nos sentamos en nuestra mesa, alta y de robustos tablones, los niños con los niños, y las niñas con las niñas, tal como está estipulado en no sé qué norma de los grupos cuando se reúnen entorno a un ágape.
 
Amaya, la camarera solícita, en seguida nos sitúa entre las cosas que merecen la pena de la carta, y son muchas. Sostenida por una familiaridad que nos asombra con Jesús, el Herreras, nos atiende con especial mimo. Sin demora, al momento tenemos sobre la mesa una ensalada de tomates y huevo que no era huevo, sino queso de mozarela. Las búfalas ovíparas nos habían sorprendido con un óvulo de queso fresco que coronaba aquella ensalada. El sabor increíble del tomate en sus diversas variedades estaba presente sin duda aquí. Algo sencillo, pero muy difícil de encontrar.  


En este lugar tampoco faltaron las sugerentes croquetas, redonditas y doraditas, de cecina y de parmesano, que, esta vez sí, se fundían en la boca con la suavidad y la delicadeza del terciopelo.

Los callos llegaron a la mesa de los chicos en busca de paladares recios, y en ellos se apreciaba la más pura esencia vacuna.
Por fin Amaya, solícita y ligera cual grácil gimnasta de aerobic, nos puso dos bandejas de la especialidad de la casa: raviolis de rabo de toro. A simple golpe de vista, más que pasta, parecen una nueva ración de croquetas, esta vez calvas, que alineadas, esperan ser sacrificadas en paciente orden.
Los postres no defraudaron, y en su variedad, descubrieron la originalidad del anónimo artista repostero. 

 



Todo es original en el gastrobar. La vajilla desigual, la robustez de los tablones de las mesas, las lámparas de peladas bombillas, y, en general, la decoración de un espacio cúbico de difícil ambientación. Pero, ciertamente, el lugar posee, a pesar de todo, cierta calidez cultural, como me lo demuestra la imagen repetida que surge en mi cabeza de disfrutar allí de un desayuno tranquilo ante aquella vajilla y con un periódico repleto de noticas frescas.

35 euros por pareja bastaron para cumplir y ser bien educados, pagando por un trabajo bien hecho.
Solo faltaba rematar la noche con un buen lugar para tomar la última copa, bueno más bien la primera. Para ello dimos una vuelta entera a la Farola buscando algo que no podíamos encontrar. El barrio dormía y no tenía copas para nosotros.

A por la Rubia, alguien sugiere, que allí, en su carretera de Simancas, hay un Monasterio con ambiente, abierto a estas horas y dispuesto a acoger a gente descarriada como nosotros. Y fue en aquel local musical, donde tomado una ronda de potentes tisanas, desnudamos nuestra alma de pareja ante el sagaz cuestionario de la Doctora Carmen.  


 

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