domingo, 27 de septiembre de 2015

Casa regional de Aragón en Valladolid, o de cuando lo maño está amañao.

Noche del viernes, 18 de septiembre de 2015.
Ese viernes el Grupo entró, en mala hora, en la Casa de Aragón de Valladolid, en el Barrio de la Rubia, y lo que encontró fue fritanga y decepción.

Casa de Aragón en la Rubia (Valladolid), para no olvidar...que no hay que volver
Cuán poco se respiraba el espíritu maño en ese lugar en el que, por azar y por error, que luego supimos, vinimos a toparnos en nuestro habitual recorrido por bares y mesones de tapeo y yantar.
Los camareros, insípidos  y desafectados, y los platos, sin gracia y muy poco apeteciles. La sepia, fría y sin sabor, tras probarla no invitaba a repetición. Las croquetas quemaban el gaznate y dejaban el regusto del aceite rancio. De pronto nos sacaron unos champiñones doraditos, que nos hicieron pensar que reflotarían la merienda, pero resultaron estar fríos, insípidos y grasientos, lo que nos dejaron en una completa desolación. 
Bueno, quizás la bebida podría alegrar aquel valle de lágrimas,pensamos, ilusos de nosotros . Y así, pedimos un vino típico, un vino de Aragón. Sí, claro, por supuesto, y nos ofrecieron una botella de un tinto, creo que de Cariñena, que resultó recio y fuerte como las estepas aragonesas, y que tan pocas emociones levantó, que preferimos seguir a palo seco antes que pedir una segunda botella. 
Por fin llegó a la mesa la tortilla, que tanto se hacía de rogar, doradita y humeante, sí, pero un tanto escuálida. Atacamos todos ansiosos de encontrar ese gusto casero que tan bien conocemos, pero que, desgraciadamente, aquella española no poseía. Su sabor era raro, a nada conocido en el mundo torteril, lo que invitaba a la especulación sobre su origen, desarrollo y malformación, de cómo ese profesional virtuoso de la cocina, tan desconocido para nosotros, habría logrado aquella obra sublime de la deconstrucción culinaria.
Poco nos quedaba por esperar. El desastre no tenía salvación. Pero nos equivocamos, porque en el último momento el camarero, no sé si el de las rastas hasta la rabadilla o el largo lánguido de la barra, nos puso sobre la estrecha mesa un par de platos de huevos con jamón y chorizo. "Huevos del caballo" creo recordar, muy mal, que lo llamaban. Bueno, qué decir, cómo calificarlo. Lo único que recuerdo claramente es el comentario que hicimos todos: "no se puede ser más basto cocinando". Aquellos huevos de aspecto extraño, acompañado de rodajas de un chorizo recién sacado del plástico, y de un tosco jamón, terminaron por poner en peligro a nuestros pobres estómagos. Bueno, creo que a excepción del de Ángel. 
Finalmente el único consuelo que ofreció este sitio fue una minuta pobre, tanto como su menú. Pero, lo que no pagamos en la cuenta, lo acabarían pagando esa misma noche nuestros pobres estómagos. 

¡Pavernos matao...!





domingo, 20 de septiembre de 2015

  La excursión a León ya esta aquí, graficamente, espero que os gusten las fotos.
Se echa de menos a dos de los integrantes del grupo que, por causas de fuerza mayor, no pudieron acompañarnos, deseamos que en la próxima estemos todos.
























































































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