Viernes, 3 de octubre de 2015
Paseo de Zorrilla 101 (Plaza del Matadero), Valladolid.
Ambiente bullicioso, mucha gente,
que charla, cena y tapea. Gente, la mayor parte de ella de mediana edad, detalle
curioso, que en grupos más o menos numerosos comparten tertulia animadamente, a
la vez que se dejan sorprender por las originalidades que Amaya saca del oculto
laboratorio culinario.
La mesa, que teníamos reservada y alguien se resistía a liberarla, era un bien muy preciado en aquel momento y en aquel lugar. Situado puerta con puerta con el Laboratorio de las Artes de Valladolid LAVA, el Gastobar LAVA parece un lugar de moda en la noche vallisoletana. Curiosamente el emplazacimiento que ocuparon las antiguas instalaciones del matadero ha dejado de ser un santuario de muerte para ir convirtiéndose en un centro de cultura, juventud y, ahora también, de vida social y gastronómica.
Por fin nos sentamos en nuestra
mesa, alta y de robustos tablones, los niños con los niños, y las niñas con las
niñas, tal como está estipulado en no sé qué norma de los grupos cuando se reúnen
entorno a un ágape.
Amaya, la camarera solícita, en seguida nos sitúa entre las cosas que merecen la pena de la carta, y son muchas. Sostenida por una familiaridad que nos asombra con Jesús, el Herreras, nos atiende con especial mimo. Sin demora, al momento tenemos sobre la mesa una ensalada de tomates y huevo que no era huevo, sino queso de mozarela. Las búfalas ovíparas nos habían sorprendido con un óvulo de queso fresco que coronaba aquella ensalada. El sabor increíble del tomate en sus diversas variedades estaba presente sin duda aquí. Algo sencillo, pero muy difícil de encontrar.
En este lugar tampoco faltaron las
sugerentes croquetas, redonditas y doraditas, de cecina y de parmesano, que,
esta vez sí, se fundían en la boca con la suavidad y la delicadeza del
terciopelo.
Los callos llegaron a la mesa de
los chicos en busca de paladares recios, y en ellos se apreciaba la más pura
esencia vacuna.
Por fin Amaya, solícita y ligera
cual grácil gimnasta de aerobic, nos puso dos bandejas de la especialidad de la
casa: raviolis de rabo de toro. A simple golpe de vista, más que pasta, parecen
una nueva ración de croquetas, esta vez calvas, que alineadas, esperan ser
sacrificadas en paciente orden.
Los
postres no defraudaron, y en su variedad, descubrieron la originalidad del anónimo
artista repostero.
Todo es original en el gastrobar.
La vajilla desigual, la robustez de los tablones de las mesas, las lámparas de
peladas bombillas, y, en general, la decoración de un espacio cúbico de difícil
ambientación. Pero, ciertamente, el lugar posee, a pesar de todo, cierta
calidez cultural, como me lo demuestra la imagen repetida que surge en mi
cabeza de disfrutar allí de un desayuno tranquilo ante aquella vajilla y con un
periódico repleto de noticas frescas.
35 euros por pareja bastaron para cumplir y ser bien educados, pagando por un trabajo bien hecho.
Solo faltaba rematar la noche con
un buen lugar para tomar la última copa, bueno más bien la primera. Para ello
dimos una vuelta entera a la Farola buscando algo que no podíamos encontrar. El
barrio dormía y no tenía copas para nosotros.
A por
la Rubia, alguien sugiere, que allí, en su carretera de Simancas, hay un
Monasterio con ambiente, abierto a estas horas y dispuesto a acoger a gente
descarriada como nosotros. Y fue en aquel local musical, donde tomado una ronda
de potentes tisanas, desnudamos nuestra alma de pareja ante el sagaz cuestionario
de la Doctora Carmen.



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