El 10 de abril de 2016 el grupo de amigos de los Viernes se
fue a pasar la jornada dominical a la segoviana villa medieval de Cuéllar.
Excursión lúdica-cultural y, cómo no, también gastronómica.
Cuando llegamos al píe de las murallas la mañana era fresca,
como es propio en la primavera de estas tierras castellanas. Nuestros coches
cruzaron las defensas del recinto y aparcamos frente al castillo, que a esas
horas tempranas aún permanecía cerrado. Siempre me han gustado los domingos por
la mañana, esos momentos en los que las calles parecen dormidas y flota en el
ambiente un aire especial de tiempo suspendido.
Más valía mientras ir a buscar refugio en el primer bar abierto
de extramuros y a entonar nuestros cuerpos con un cafetito caliente. Charla,
café y ¡Oh, qué sorpresa! había un futbolín en el bar. Y, lógicamente, alguien no
se resiste y lo propone: “Vamos a echar una partida”. Debe de ser cosa de
hombres o, mejor dicho, de chavales, que ante la sola presencia de semejante
objeto, ligado a largas tardes de juego en salas o en bares de camaradería
juvenil, nos lanzamos a la competición con ilusionada pasión.
Castillo de los Duques de Alburquerque. Hacemos tiempo a sus
puertas, impacientes por asaltarlo y desvelar sus secretos, y también por
escapar del viento helado que nos acosa. “¡Los de la visita del castillo,
síganme por aquí!”, nos grita la guía que ha salido de la garita, ahora
reconvertida en oficina de turismo, al tiempo que nos abre una cancela por la
que, cual hordas, nos precipitamos por el pasillo lateral de la muralla,
creyéndonos ya dentro. Precisamente con ese fin estaba diseñado, nos cuenta la
guía, para facilitar la entrada de los asaltantes y conducirles a una engañosa trampa
mortal.
Los actores, en forma de soldados medievales, nos hacen
frente para impedir nuestra entrada, pero el grupo es numeroso y nos colamos
hasta el recinto trasero. Desde allí continuaremos un recorrido laberíntico por
las estancias del enorme castillo, saliendo a nuestro paso multitud de
personajes que dan vida a sus antiguos moradores: desde criadas, los propios
Duques, el borrachín Espronceda (sí, el de “por cien cañones por banda, viento
en popa toda vela, no corta el mar si no vuela…”, que parece que sufrió
destierro por estos lares allá por 1800 y pico), a las tropas napoleónicas,
etc. Son tan sólo tres, pero los actores se transmutan y multiplican para
llenar esta vacía fortaleza. Para ello también se ayudan de la participación de
los visitantes, hasta el punto que en un momento dado a nuestro Ángel lo llegaron
a convertir en el Sr. Duque: “¡Señor Duque! ¡Señor Duque! ¡Señor Duque!
La iglesia de San Martín, centro de interpretación del
mudéjar, nos aguarda de frente, con un espectáculo de luz y sonido surgido del vacío
y de las propias tinieblas. A la salida, cruzamos la puerta con la idea grabada
en nuestra mente de que Cuéllar fue la tierra de las tres culturas, de la
cristiana, de la judía y de la morisca.
Aún nos quedaba un buen trozo de esa mañana, iluminada por
un sol ciertamente frío, para aprovecharla visitando el casco antiguo de
intramuros. Iglesias mudéjares, pero con estilos añadidos al son de lo que
marcaba cada tiempo: gótico, barroco… Iglesias y capillas que hoy domingo
cuentan con guías locales que ilustran a los curiosos turistas, como esa de la
Magdalena, capilla y hospital en sus orígenes, en la que sorprende su enorme y
eclético fresco pintado sobre uno de sus deteriorados muros, así como el
retablo barroco que acoge a San Roque, el del perro, y a San Vito, el del
baile.
Pero una visita esperada y programada, la del restaurante,
no se hacía esperar, por lo que, con la habilidad que da el hambre para
orientarse, nos condujimos hasta el restaurante La Florida, lugar de bodas y
banquetes al más puro estilo tradicional, marco idílico para tópicas fotos de
recién casados que buscan recrear su álbum con instantáneas romanticonas.
La suculenta comida culminó y remató una interesante mañana,
pero fue la antesala de una tarde lluviosa y desapacible, una de esas tardes de
domingo que no invitan más que a estar en casa.
Protegidos por los paraguas llegamos hasta las antiguas
tenerías, ahora rehabilitadas, donde en su interior nos ilustraron sobre lo
asqueroso y duro que era el curtido de las pieles. De paso en la planta
superior recorrimos una interesante exposición de fotografía. De nuevo bajo los
paraguas recorrimos su coqueto jardín japonés, cuyo encanto quedaba deslucido
por la húmeda tarde del domingo.
Lluvia y tarde oscura nos decían que volviéramos cada uno a
su olivo. Y no tardamos en hacer caso a tan sensatos consejos. Las murallas de
Cuéllar quedarían para otra ocasión, de mejor tiempo, esperemos.
Esta es la crónica de ese día de primavera por las Tierras
de Pinares, que comparto con vosotros, amigos del grupo de los Viernes. Podría
no hacerlo, y desde luego más seguro sería quedándomelo para mí, para mi
dispositivo de almacenamiento de experiencias viajeras (me refiero a mi
cuaderno de viajes). Pero la amistad es riesgo y, a la vez, confianza, y sin estos
ingredientes la vida resulta sosa, sin sustancia.
Tomadlo como un regalo, que busca pervivir y revivir en la
memoria aquellos instantes felices, al igual que lo pueden hacer las fotos. Y si
al leer estas líneas de nuevo habéis evocado durante unos instantes las experiencias
de aquel domingo en Cuéllar, pues me doy por satisfecho. Ese es mi regalo, sin
más.
Aún un regalo más: mis fotos de aquel día (pinchad para ver)




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