sábado, 23 de abril de 2016

Un domingo en Cuéllar

El 10 de abril de 2016 el grupo de amigos de los Viernes se fue a pasar la jornada dominical a la segoviana villa medieval de Cuéllar. Excursión lúdica-cultural y, cómo no, también gastronómica.

Cuando llegamos al píe de las murallas la mañana era fresca, como es propio en la primavera de estas tierras castellanas. Nuestros coches cruzaron las defensas del recinto y aparcamos frente al castillo, que a esas horas tempranas aún permanecía cerrado. Siempre me han gustado los domingos por la mañana, esos momentos en los que las calles parecen dormidas y flota en el ambiente un aire especial de tiempo suspendido. 
Más valía mientras ir a buscar refugio en el primer bar abierto de extramuros y a entonar nuestros cuerpos con un cafetito caliente. Charla, café y ¡Oh, qué sorpresa! había un futbolín en el bar. Y, lógicamente, alguien no se resiste y lo propone: “Vamos a echar una partida”. Debe de ser cosa de hombres o, mejor dicho, de chavales, que ante la sola presencia de semejante objeto, ligado a largas tardes de juego en salas o en bares de camaradería juvenil, nos lanzamos a la competición con ilusionada pasión.
Castillo de los Duques de Alburquerque. Hacemos tiempo a sus puertas, impacientes por asaltarlo y desvelar sus secretos, y también por escapar del viento helado que nos acosa. “¡Los de la visita del castillo, síganme por aquí!”, nos grita la guía que ha salido de la garita, ahora reconvertida en oficina de turismo, al tiempo que nos abre una cancela por la que, cual hordas, nos precipitamos por el pasillo lateral de la muralla, creyéndonos ya dentro. Precisamente con ese fin estaba diseñado, nos cuenta la guía, para facilitar la entrada de los asaltantes y conducirles a una engañosa trampa mortal.

Los actores, en forma de soldados medievales, nos hacen frente para impedir nuestra entrada, pero el grupo es numeroso y nos colamos hasta el recinto trasero. Desde allí continuaremos un recorrido laberíntico por las estancias del enorme castillo, saliendo a nuestro paso multitud de personajes que dan vida a sus antiguos moradores: desde criadas, los propios Duques, el borrachín Espronceda (sí, el de “por cien cañones por banda, viento en popa toda vela, no corta el mar si no vuela…”, que parece que sufrió destierro por estos lares allá por 1800 y pico), a las tropas napoleónicas, etc. Son tan sólo tres, pero los actores se transmutan y multiplican para llenar esta vacía fortaleza. Para ello también se ayudan de la participación de los visitantes, hasta el punto que en un momento dado a nuestro Ángel lo llegaron a convertir en el Sr. Duque: “¡Señor Duque! ¡Señor Duque! ¡Señor Duque!
La iglesia de San Martín, centro de interpretación del mudéjar, nos aguarda de frente, con un espectáculo de luz y sonido surgido del vacío y de las propias tinieblas. A la salida, cruzamos la puerta con la idea grabada en nuestra mente de que Cuéllar fue la tierra de las tres culturas, de la cristiana, de la judía y de la morisca.

Aún nos quedaba un buen trozo de esa mañana, iluminada por un sol ciertamente frío, para aprovecharla visitando el casco antiguo de intramuros. Iglesias mudéjares, pero con estilos añadidos al son de lo que marcaba cada tiempo: gótico, barroco… Iglesias y capillas que hoy domingo cuentan con guías locales que ilustran a los curiosos turistas, como esa de la Magdalena, capilla y hospital en sus orígenes, en la que sorprende su enorme y eclético fresco pintado sobre uno de sus deteriorados muros, así como el retablo barroco que acoge a San Roque, el del perro, y a San Vito, el del baile.

Pero una visita esperada y programada, la del restaurante, no se hacía esperar, por lo que, con la habilidad que da el hambre para orientarse, nos condujimos hasta el restaurante La Florida, lugar de bodas y banquetes al más puro estilo tradicional, marco idílico para tópicas fotos de recién casados que buscan recrear su álbum con instantáneas romanticonas.

La suculenta comida culminó y remató una interesante mañana, pero fue la antesala de una tarde lluviosa y desapacible, una de esas tardes de domingo que no invitan más que a estar en casa.

Protegidos por los paraguas llegamos hasta las antiguas tenerías, ahora rehabilitadas, donde en su interior nos ilustraron sobre lo asqueroso y duro que era el curtido de las pieles. De paso en la planta superior recorrimos una interesante exposición de fotografía. De nuevo bajo los paraguas recorrimos su coqueto jardín japonés, cuyo encanto quedaba deslucido por la húmeda tarde del domingo.

Lluvia y tarde oscura nos decían que volviéramos cada uno a su olivo. Y no tardamos en hacer caso a tan sensatos consejos. Las murallas de Cuéllar quedarían para otra ocasión, de mejor tiempo, esperemos.

Esta es la crónica de ese día de primavera por las Tierras de Pinares, que comparto con vosotros, amigos del grupo de los Viernes. Podría no hacerlo, y desde luego más seguro sería quedándomelo para mí, para mi dispositivo de almacenamiento de experiencias viajeras (me refiero a mi cuaderno de viajes). Pero la amistad es riesgo y, a la vez, confianza, y sin estos ingredientes la vida resulta sosa, sin sustancia.
Tomadlo como un regalo, que busca pervivir y revivir en la memoria aquellos instantes felices, al igual que lo pueden hacer las fotos. Y si al leer estas líneas de nuevo habéis evocado durante unos instantes las experiencias de aquel domingo en Cuéllar, pues me doy por satisfecho. Ese es mi regalo, sin más. 

Aún un regalo más: mis fotos de aquel día (pinchad para ver)

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